"La persona crece psicológicamente cuando no se conforma con lo que tiene sino que se preocupa por descubrir la esencia misma de las cosas. No es una exploración superficial o de chismorreo sino más bien una autorreflexión de las propias actitudes o acciones".
Alejandro Rocamora Bonilla
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martes, 20 de mayo de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE







LIBERTAD





















         Un amor es una ilusión revitalizadora e inmensa, un sueño y una alegría que lo domina todo. Pero a veces se comete el error del apego excesivo, de aferrarse a ello como si nos fuera la vida, ignorando que el amor puede estar o no, pero nuestra vida seguirá igualmente.

         El amor, puede volar o puede quedarse, que mi universo seguirá girando impasible. Con amor la vida es plena y rica; hay ilusión, hay belleza, pero sin amor nada se detiene. El corazón sigue latiendo, el sol sigue brillando… Por eso puede estar o puede marcharse.

         Yo tengo un corazón que es mío. Se ensancha y late con fuerza enamorado y llora dolorido la ausencia, pero a nadie pide que cambie su rumbo, pues a su lado sólo desea otros corazones felices, no esclavos ni sumisos, así que, que vuele o que se quede el amor, al que sólo deseo ver libre y feliz, conmigo o sin mi.

         Yo vivo y viviré feliz y alegre, segura de mi misma y mis dones. Seguiré soñando un mañana en la cuna de mi esencia, donde cabe quien me ame, y de donde nace una fuerza que me acompañe siempre, estés tú conmigo o sin mi. Puedes volar o puedes quedarte, que mi fuerza sigue conmigo y nada me quitas al alejarte.


Mª José Calvo Brasa
martes, 6 de mayo de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE


NO HAY DOLOR MÁS GRANDE
  
         No hay dolor más grande que el desamor con una misma. No hay angustia mayor que el auto olvido. No hay mayor ignorancia que desconocerse en lo más profundo del propio ser.

         ¿Qué es este hambre voraz que ningún alimento calma? ¿Cómo llamar esta sed eterna que ni un océano llena? La condena de Tántalo, la angustia eterna y el vacío más negro es el corazón que no se ama a sí mismo… Nada te llena, nada te calma, nada te vale.

         Es un corazón errante, vacío, anhelante de un sol que le ilumine. El Universo entero se le vuelve pequeño en su eterna búsqueda de un astro rey, y cuando cree encontrarlo, gira y gira en torno a él ignorando o negando su propio brillo. Y así, el corazón, vacío de luz, olvida su capacidad de volverse sol.

         ¡Que triste el corazón que no se ama! Pierde su lugar en el cosmos en un estéril intento de llenarse con otros.

         Ansiedad de todo, satisfacción por nada. Hasta no encontrar la luz que brilla en lo más profundo del pozo, no será el corazón capaz de llenarse con el agua de su propio amor sanador. No puede venir nada de fuera, porque hasta un torrente de agua fresca se perderá irremediablemente por las grietas de un pozo enfermo. Sólo encontrando la propia luz se verán esas grietas para repararlas y sanarlas.

         No hay dolor más grande que la ausencia de amor propio. No hay mayor angustia, ni hambre más insaciable, pues en ausencia del propio amor y respeto, nada, absolutamente nada, será valioso para el corazón que no se ama a sí mismo.


Mª José Calvo Brasa
lunes, 21 de abril de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE


VUELVO A CASA

                        Es invierno, y avanzando entre la tiniebla de la última noche, vuelvo a mi hogar. A mi casa, donde el tiempo se detiene al calor del fuego de la chimenea.
                        Es invierno y un inmenso manto blanco cubre los campos, antaño verdes. No hay belleza posible. La tierra ha cerrado sus frutos y la soledad lo abraza todo. Con el cuerpo aterido y el corazón helado, camino de vuelta a casa, donde Dios es conmigo y me espera preparando la lumbre para quitarme el frío de los huesos. Se que me recibirá su abrazo más cálido, abrazo sanador que limpiará al instante el dolor de la ausencia.
                        Y es que en mi casa no hay invierno. En ella los campos son siempre verdes, colmados de exuberantes flores, cuyo aroma es capaz de curar mi alma perdida. Dentro de la calidez de mi hogar puedo entender que la gélida estación exterior es sólo pasajera, pues la tierra, como yo, reposa y repone sus fuerzas. Así, donde todo parece perdido, en realidad todo se está transformado, y a su debido tiempo, el calor regresará a mi espíritu y la primavera a mi mundo.
                        Mi casa, amplia y cómoda, es un templo de silencio. Al calor del hogar, mi corazón llora por los frutos perdidos bajo la nieve. Ya se que a penas nieva, ya se que el hielo que existe se va disolviendo. Ya siento llegar los nuevos tiempos, y en su momento, saldré fuera para recolectar nuevos frutos, más sabrosos y variados.
                        Trastabillando tras la última caída, atravieso de nuevo la puerta de mi hogar. A mi esencia me entrego sin armas, llorando cuanto deseo, mientras siento su cálido abrazo. ¡Abandoné mi hogar tantas veces sin saberlo! Ahora sólo quiero estar dentro, donde Dios es conmigo y me cura el frío de los huesos, fortaleciendo cada célula de mi cuerpo para que, en cuanto llegue la primavera, pueda volver a salir fuera, renovada y valiente, a gozar la vida.
                        Cultivaré mis terrenos, recogeré mis frutos y lo haré cantando porque conmigo siempre estará mi casa, el hogar que me permitirá reposar cada noche en su interior de silencio.
Mª José Calvo Brasa
miércoles, 9 de abril de 2014

COVERSACIONES CON MI MENTE


PIRRO

                        Cuando Roma era aún una pequeña urbe que simplemente quería expandirse por la península itálica, declaró la guerra a los griegos de Tarento, que pidieron ayuda a un curioso personaje, muy ambicioso y muy famoso entre los griegos de entonces: Pirro, rey de Epiro. Seguro de su poder, Pirro accedió a ayudar a sus “compatriotas”, logrando derrotar en dos ocasiones a esos locos romanos que entonces no daban tanto miedo, y aún podían sus contemporáneos darse el lujo de mirarlos por encima del hombro. Pero sus victorias fueron tan costosas en vidas humanas y en dineros que a partir de ese momento, toda victoria que se logra con un altísimo coste en energía se llama “pírrica”.
                 Evidentemente, el tercer encontronazo con la indómita Roma fue letal para el ambicioso Pirro, que perdió de un plumazo cuanto tenía y cuanto deseaba.
                        Pirro tenía un gran amigo y consejero, el sabio Cineas que, al parecer ya miraba a los romanos con cierto recelo y se opuso con fuerza al deseo de su rey de vérselas con ellos. Cuentan que en cierta ocasión, cuando Pirro preparaba la batalla, le preguntó qué haría tras conquistar Roma.
                        -Conquistaré Sicilia. Será muy fácil. –Respondió el rey.
                        -¿Y qué harás después?
                        -Navegaré hasta África y saquearé Cartago.
                        -¿Y después de Cartago?
                        -Entonces le tocará el turno a Grecia.
                        -Ya… -Suspiró Cineas.- ¿Y cuál será el fruto de todas estas conquistas?
                       -Muy fácil: una vez haya conquistado el mundo, podremos sentarnos y divertirnos.
                        -¿Y no sería mejor divertirnos ahora?
                Sea o no cierto este pequeño cuento, lo cierto es que Pirro, cegado por su ambición, no pudo disfrutar de ninguna conquista. Le ocurrió lo mismo que otras personas, inteligentes y capaces como él, pero incapaces de disfrutar la vida momento a momento. La ambición no es mala, pero si permitimos que el hambre de poder nos ciegue no lograremos nada, porque nada será suficiente y todo lo que logremos será una victoria pírrica que inevitablemente nos acabará hundiendo.


Mª José Calvo Brasa
martes, 25 de marzo de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE

PODEROSO CABALLERO…

“Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero”

                        Era una época triste y difícil cuando don Francisco de Quevedo escribió estos memorables versos que han quedado para la posteridad como ejemplo de la codicia y maldad que va “asociada” a esa cosa vil y terrible de los doblones, pesetas, euros y demás familia monetaria. Han pasado muchos años y este poema continúa grabado a fuego en las mentes patrias de manera que dinero sigue siendo sinónimo de infamia.
                        Hace tiempo una persona muy sabia me decía, refiriéndose al yoga, que es una herramienta como tantas. Lo comparaba con un martillo, una herramienta tan maravillosa que te permite construir casas, muebles y realizar cientos de obras. Pero si ese mismo martillo cae en malas manos, o mejor dicho, en mentes enfermas, se convierte en un arma destructiva. Parafraseando las palabras de este hombre sabio, creo que el dinero también es una herramienta. En buenas manos genera riqueza, bienestar, alegría y belleza; en las malas, dolor, destrucción, avaricia y suciedad. El dinero no es nada, no produce efectos secundarios, no transforma voluntades por sí solo. Es la mente limpia quien lo usa para la grandeza, aunque esa mente nade en billetes, al igual que es la mente sucia la que lo usa para la destrucción propia y ajena.
                        Muchos millonarios han tenido una mente limpia con la que han llevado la contraria al insigne Quevedo. Han ayudado a mucha gente y han luchado contra injusticias. La suspicacia popular no deja de echarles en cara que tenían dinero o riqueza, como si eso fuera un estigma insuperable o cada euro de su cuenta fuera la marca de una maldad insondable que ninguno de sus actos pudiera borrar. Se critica a menudo que se mire a la cartera de las personas para darles un mejor lugar en cualquier sitio pero el colmo de los colmos es fijarse en su cartera cuando intentan ayudar a otro ser humano, cuando realmente miran a su alrededor y ven personas que sufren y que necesitan alguien que sepa y pueda apoyarles.
                        Decía Antony de Mello que la diferencia entre la noche y el día era que este llegaba cuando al mirar a una persona se veía en ella a tu hermana o a tu hermano. Y esa mirada la puede tener cualquiera, independientemente de las herramientas económicas que tenga. Por supuesto que hay mentes enfermas llenas de codicia, tacañería, afán de poder e incapaces de mirar a los demás como iguales, pero eso no quiere decir que debamos juzgar el rábano por las hojas y señalar cada poseedor de una suculenta cuenta en el banco como sospechoso de engaño e infamia.

Mª José Calvo Brasa
lunes, 10 de marzo de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE

LOS QUE AMAN
                        A los que aman no hay tarea que les cueste, ni destino que no alcancen.
                        Se levantan cada mañana, con el rostro amado en el alma, sonriendo al nuevo sol y agradeciéndole a Dios la posibilidad de amar y de contemplar el objeto de su amor. Si este está cerca, lo disfrutarán doblemente y si está lejos, simplemente lanzarán sus suspiros al aire para que se transformen en besos apasionados de silencio.
                        A los que aman, “distancia”, “tiempo” y “espacio”, son palabras vacías, sin sentido, ya que en su enamorado diccionario solo cuentan con los términos “cercanía”, “amor” y “ternura”.
                        Si hay que esperar, esperan. Si hay que ponerse a caminar, caminan, y si en algún momento del proceso deben llorar, lloran sin vergüenza ni medida. Nada les apura ni nada les asusta, pues en su corazón palpita, llena de vida, la imagen de quien aman. Y con este poder en el pecho convierten su alegría en llanto y su llanto en alegría.
                        Son los que aman los que saben de sueños y esperanzas, pues cada minuto de su día lo viven en un rostro, una mirada y una sonrisa, que por muy lejanas que se encuentren, siempre las sentirán como en casa. Porque los que de verdad aman entienden la grandeza de un rostro. No es una cara de tantas; es la faz de la persona amada. Los que de verdad aman no miran unos ojos: contemplan los diamantes más perfectos creados sobre la tierra. Los que de verdad aman al mirar esa sonrisa entienden lo que es la magia.
                        Porque los que aman ven la obra de Dios manifestada; la belleza íntegra de la persona amada, foco de ternura, centro de cariño, templo de respeto donde orar en silencio por su bienestar y su alegría.
                        Y porque sólo aman los que se aman, de lo más profundo de su corazón entregan sin límites y sin miedo toda la inagotable fuerza de su espíritu para convertir a quien aman en un manantial ternura compartida.

Mª José Calvo Brasa
lunes, 24 de febrero de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE

ABRAZAR LA MUERTE
                        ¿Y si mañana te fueras? ¿Y si tus ojos vieran este sol por última vez?
                        ¡Cuánto corremos hacia ninguna parte! ¡Cuánto nos afanamos por lograr tesoros que al instante olvidamos en un rincón! ¡Cuánto sufrimos por sueños que abandonamos sin haberlos intentado siquiera, porque no podemos, porque no valemos, porque, porque!… ¿Por qué?
                        Y mientras tanto la vida sigue su camino como una sombra inconsciente, que cargamos a la espalda sin verla, hasta que un día, no sabes cuándo…
                        Y ese día, definitivamente, todo estará perdido.
                        Correr para perder; correr para agotarse; correr para no conseguir nada. Tan absurdo como el asno que persigue la zanahoria atada al palo.
                        No sería tan mala la carrera si nos alegrara, si fuera por aquello que realmente nos llena y si fuéramos conscientes del camino para evitar los baches. Pero corremos en pos de aquello que se supone necesitamos y muchas veces, detrás de sueños que nos han sugerido y que en realidad no amamos.
                        Y agotados en mil maratones inútiles llegaremos un día a la eminente meta, asombrados del vacío que cargamos en el alma.
                        Qué diferente sería correr en compañía de una amiga amable que nos recuerde que más tarde o más temprano caeremos en sus brazos. La amiga muerte que nos enseña la vida. La amiga muerte que nos señala el camino que realmente queremos andar, porque su compañía, lo queramos o no, es perpetua y suyos seremos en cuanto ella lo decida.
                        Abracemos la muerte como a la mejor amiga, ya que sólo ella nos recuerda que estamos vivos. Abracemos la muerte que nos enseña a vivir como si todo fuera a acabarse mañana. Abracemos la muerte que logra infundirnos valor para acercarnos a nuestros sueños, pues su compañía inexorable nos hará fuertes y seguros.
                        Que ella sea nuestra compañera y nuestro apoyo, pues a su lado, cada segundo vivido será pleno, cada emoción será sentida desde el corazón, disfrutando del sol, de la luna y de las estrellas, de manera que cuando nos lleve con ella, hayamos vivido, sentido y amado con intensidad. Sólo con su presencia saborearemos la vida plenamente, sin miedos y sin excusas. Porque no somos eternos ni invulnerables. Viviendo con nuestra amiga muerte sentiremos nuestro amor y nuestra fuerza cada segundo de nuestra existencia. Pues sabemos que cuando estemos definitivamente con ella, sólo los vivido con amor habrá valido la pena.

Mª José Calvo Brasa
domingo, 9 de febrero de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE

CUATRO ESTACIONES ME DISTE
                        Como primavera exuberante llegaste. Como primavera hermosa y floreciente que colmó mi jardín de olorosas y embriagadoras flores. Trajiste la brisa fresca de la mañana, la dulzura de la tarde y la tibieza de una noche despejada y engalanada de estrellas.
                        Te volviste verano tórrido y vital; verano de madurez, de plenitud y de belleza. Fuiste un verano de gozo, de descanso, de sueños, de fuerzas recogidas para el futuro otoño.
                        Pero fuiste un verano corto y ante mi asombro, surgiste de pronto como un otoño pálido en el que las hojas de tus frondosos árboles comenzaron a caer para pudrirse rápidamente en el suelo. Incrédula vi oscurecerse tu cielo, mientras la sombra del invierno se dibujaba en tus ojos tristes. Rogué al dios del tiempo para que detuviera en ti su paso, pero seguiste siendo otoño breve, vuelto invierno gélido en un suspiro imperceptible, del que no fui consciente hasta lo inevitable.
                        Y a mi alrededor todo se volvió frío. Se congeló tu alma, se paralizaron tus latidos y sin yo poder hacer o decir nada, toda la belleza de la primavera y la grandiosidad del verano se esfumó ante mis ojos, como el agua se escapa entre los dedos.
                        Viví contigo cuatro estaciones fugaces. Ayer fue primavera lozana y hoy me veo en medio del blanco páramo invernal. Fugaz fue tu tiempo: primavera exuberante y sin medida, verano dichoso, otoño putrefacto e invierno muerto.
                        Abandonada en la inmensidad del frío que me dejaste, sólo puedo llorar como si el mismo océano surtiera mis ojos. Lloró por la fugacidad de tu tiempo, lloro por la crueldad de tu alma, que ennegreció la mía. Lloro porque hoy sólo me toca llanto, acallar mi angustia, gritar mi confianza frustrada,  acabar con mis lágrimas… Lloro porque cuando deje de hacerlo, cuando se vacíe este océano de angustia, podré levantarme de nuevo, sonreír a la vida y decirle con amor que estoy lista, que ya puedo crearme un nuevo año con cuatro estaciones auténticas, prósperas y sanas, que llenen de nuevo mi corazón de vida y alegría.

Mª José Calvo Brasa
jueves, 23 de enero de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE

¿QUIÉN SOY YO?
                        Yo soy esa niña que no entendía nada. Aún soy la criatura indefensa que se encogía asustada, conteniéndose para no llorar, temiendo hasta la debilidad de su llanto... Aún soy la pequeña que vivía entre las sombras, aterrada, sola y sin amor, enfrentada a un mundo hostil que la odiaba y al que aprendió finalmente a odiar.
                        También soy la adolescente perdida, ahogada en un océano de silencio. Soy esa absurda púber que intentaba escalar las montañas más altas sin saber apenas caminar. Soy la que maldecía a los elementos, acusándoles de impedir la ascensión y a las piedras por hacerle tropezar.
                        Sí… Aún soy esa niña y esa joven que, sin saber caminar ni escalar, gritaba, enfangada en el lodazal de la angustia: “¿por qué?”; “¿por qué las montañas no se aplanan?”; “¿por qué nadie “me deja” escalar ni vivir?”
                        Por fin, tras un largo camino de lágrimas me he convertido en la mujer que sabe que estaba equivocada; que comprende que no se puede ascender una montaña con las piernas cargadas de cadenas. Ahora intento adaptarme a los dictados de la vida, sabiendo que aprendí a volar tras las continuas caídas. Soy la que tiene tantas llagas como cicatrices en el alma; la que intenta levantarse y sonreír tras la última derrota. Soy guerra, soy paz; soy alegría y dolor; noche y luz
                        Ahora mismo casi ya se quien soy a través de las lagunas. Sé que en realidad soy la esencia de las tres: la niña y la joven, tristes y furiosas y la adulta que intenta vivir feliz, encontrando su camino, sonriéndole a la vida y bendiciendo cada minuto de existencia y de amor.
                        Soy finalmente la que no tiene tiempo para gritar, para llorar o para lamentar el pasado. Soy la que mira hacia atrás asombrada, contemplando todos los pasos dados hasta aquí por un camino eterno, lleno de piedras y agujeros. Asombrada y sentada sobre este instante de descanso, lloro agradecida por la vida. Lloro con esa niña y esa joven desvalidas que por fin están llegando a la cima sin necesidad de que se aplane la montaña.

Mª José Calvo Brasa
jueves, 9 de enero de 2014

CONVERSACIONES CON MI MENTE


LA VIE EN ROSE
                        ¿Quién no recuerda esa preciosa canción? Y sobre todo, ¿quién no recuerda la desgarradora voz que la cantaba? Se trataba de Édith Piaf de la que recientemente se ha celebrado el cincuenta aniversario de su muerte a los 47 años de edad.
                        Todos los periódicos destacaron la noticia acompañada de fotografías de la cantante. Pero en lugar de ser fotos de sus primeros años, lo eran de los últimos años de su vida. Bien es cierto que sus ojos, incluso en sus mejores años, siempre mostraron la huella de la pena y el abandono, pero al final de su vida, la visión de esos ojos y de su rostro resulta completamente descorazonadora.
                        Fue una de las cantantes más famosas, más amadas y con más talento del siglo pasado. Nacida de la miseria y la tristeza supo sobreponerse y alcanzar la cima del éxito… pero se olvidó de sí misma. Lamentablemente no contó con las herramientas o las fuerzas necesarias para limpiar el poso del dolor que llevaba en el alma y acabó despeñándose por un sinsentido de autodestrucción en que brillaba de forma trémula el hambre insaciable de amor.
                        No ha sido la única que ha acabado sucumbiendo a un pasado horrendo. Muchas otras personas, antes y después de ella, han dedicado su vida al autodesprecio y la autodestrucción, ansiando encontrar por el camino a alguien que les salvara; que les tomara entre sus brazos y les llevara a un paraíso de calma, felicidad y amor.
                        Cada vez que uno de estos casos de cadáveres jóvenes, inmolados a un escurridizo Cupido, sale a la palestra, no dejo de angustiarme y de preguntarme cómo es posible que no hayan podido encontrar ese ansiado amor en su verdadero templo, en su bello santuario, del que sólo sale para ampliarse y crecer como un bosque frondoso. ¿Por qué nadie supo decirles que la fuente inagotable del amor está dentro de cada uno de nosotros, y que una vez descubierta, no hay dolor que no pueda borrarse?
                        Somos seres únicos, preciosos, perfectos y por miles de años de historia que tenga nuestra especie a sus espaldas, nunca hubo ni habrá otro ser igual a nosotros. Cierto que no siempre la vida nos trata como merecemos, pero está en nuestras manos superarlo poco a poco, con esfuerzo y tesón, buscándonos incansablemente entre los despojos de las batallas por las que nos batimos, para renacer de ellas renovados, fuertes y felices. Podemos hacerlo, aunque nos cueste tiempo, esfuerzo y rabia… Podemos si de verdad queremos ser felices y alegrar la vida de quienes nos rodean, que, no lo olvidemos nunca, bailarán al compás de nuestra música. O podemos lamentarnos eternamente por lo que pasó; podemos maldecir a quien sea, abandonándonos y derrotándonos. También los demás bailarán nuestra música… pero invariablemente será lejos de nosotros.
                        Triste, muy triste es ver la imagen deteriorada y agotada de estas personas a las que las vida les gana la partida. Pero, a pesar de la desazón que sus lentas muertes producen, también nos recuerdan una de las grandes verdades de este universo: si no te encuentras a ti mismo; si no te amas a ti mismo, todo lo demás lo tendrás perdido.

Mª José Calvo Brasa
jueves, 19 de diciembre de 2013

CONVERSACIONES CON MI MENTE

EL EXPERIMIENTO MILGRAM
En julio de 1961 el psicólogo de la universidad de Yale Stanley Milgram puso en marcha un impactante experimento que se ha repetido una y otra vez en muchos países con los mismos y terribles resultados. El objetivo de Milgram era poner a prueba la disposición de una persona a obedecer a una autoridad aunque esta le diera unas órdenes que chocaran con sus valores más profundos.
Participaron voluntarios con edades entre los 20 y 50 años y con una variada formación: desde personas con estudios básicos a gente con un doctorado. Todos desconocían la naturaleza del experimento y a todos individualmente se les dijo que tenían que hacer preguntas a un “alumno”. Si este contestaba de forma incorrecta, le aplicarían una descarga eléctrica. Este “alumno” era en realidad un actor que sí conocía la naturaleza del estudio. El experimentador estaba junto al “maestro” y le daba a este las preguntas. Obviamente, el supuesto alumno tenía la misión de fallar casi todas, con lo que el “maestro” le aplicaba descargas que empezaban siendo de 45 voltios y llegaban hasta los 450.
El "maestro" creía que estaba dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo era una simulación y el "alumno" fingía los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumentaba, el "alumno" comenzaba a golpear el vidrio que lo separaba del "maestro" quejándose de su condición de enfermo del corazón; luego aullaba de dolor, pidiendo el fin del experimento; y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritaba de agonía. Si el nivel de supuesto dolor alcanzaba los 300 voltios, el "alumno" dejaba de responder a las preguntas imitando los estertores previos al coma.
Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de su "alumno" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al aumentar el voltaje, querían parar, pero la terrible realidad fue que sólo un 35% de “maestros” se opusieron realmente a la autoridad y pararon, pero ninguno antes de alcanzar los 300 voltios. El resto continuaron hasta el final…
La desoladora conclusión de este estudio fue, y sigue siendo que cualquier persona puede cometer actos atroces sólo por obedecer ciegamente a alguien que considerara una autoridad. Históricamente se nos ha educado más para obedecer que para seguir los valores más elementales de respeto, compasión y apoyo. La repetición a lo largo de estos últimos años del experimento con idénticos resultados, sólo indica que necesitamos evolucionar hacia una mayor humanidad. Quizá la vuelta a la sencillez de la naturaleza, con su suave equilibrio nos ayude a relacionarnos con lo y los que nos rodean tendiendo la mano en lugar del puño y negándonos a aceptar cualquier norma que nos lleve a lo segundo.

Mª José Calvo Brasa
lunes, 9 de diciembre de 2013

CONVERSACIONES CON MI MENTE


PEREGRINA
Anhelante de tus sueños vas errando peregrina. Con más derrotas que glorias en las heridas del alma, por un camino angosto de tropiezos y de trampas. Las costillas llevas rotas, la espalda cuarteada, y los pies hinchados y maltratados por las piedras.
Nunca has mirado atrás mientras avanzas con dificultad, día tras día, tropiezo tras tropiezo, sin volver jamás la mirada para distinguir a lo lejos la distancia recorrida. Luchando, penando, te adentras en la aridez del horizonte sin ver final ni respiro en esta ruta tan dura.
¿Cómo no asombrarte al ver un extraordinario vergel en medio de la desolación? ¿Cómo no pensar en trampas oscuras o terribles sortilegios? No es normal, no… El camino es dolor, trabajo, esfuerzo, llanto y angustia… ¿Cómo explicar tanta belleza surgida de la nada y a tu entera disposición?
Si, peregrina: frota una y otra vez los ojos mientras el irresistible deseo de internarte sin defensas en el aroma de las flores, en el fluir de las fuentes y en la brisa de las hojas, te embarga. Pero… ¿debe una concienzuda y esforzada peregrina traspasar ese umbral? ¿No es mejor continuar arrastrando los pies y la vida por ese desierto ya de sobras conocido? A fin de cuentas, peregrina, ¿quién te asegura que el extraño paraíso sea cierto o que sea al fin la meta de tu viaje? ¡Difícil elección!... O no…
 ¿Y a quién le importa si es real o no? ¿De qué sirve dudar tanto? Conoces ya el camino y sabes dónde encontrarlo. Entra pues y goza. Descansa por fin de la ruta. Ríe mientras disfrutas el aroma de las flores o chapoteas sobre el agua. Quizá este oasis te de nuevas fuerzas o quizá vuelva a partirte el alma. Pero si finalmente arranca tus lágrimas, no te importe que ya sabes cómo curarte.
 Hoy necesitas el descanso, recibiendo con alegría los regalos de la vida, y si mañana al despertar descubres que todo era un sueño, que abres los ojos en las ardientes arenas, no sufras el engaño. Conoces el camino, tienes piernas para caminar y para volver a ser una peregrina en ruta hacia tu alma.


Mª José Calvo Brasa
miércoles, 20 de noviembre de 2013

CONVERSACIONES CON MI MENTE


LOS PRÍNCIPES PERDIDOS
                        Dice un antiguo cuento oriental que el bondadoso y sabio rey de un gran reino tenía tres hijos muy pequeños. Como niños que eran, pasaban el día jugando en las inmensas estancias del palacio real, llenándolas de risas y travesuras.
                        Un día, jugando, jugando, uno de los niños alcanzó una ventana y a través de ella observó los interminables y frondosos jardines que rodeaban el palacio. Maravillado, les contó a sus hermanos lo que acababa de ver y los tres niños no desearon otra cosa que corretear por aquellos bellísimos jardines. Llenos de entusiasmo fueron a pedirle a su padre que les dejara salir a jugar.
                        -¡Por supuesto que sí, hijos míos! –Les respondió él.- Salid al exterior, sois niños, jugad y disfrutad cuanto deseéis.
                        No esperaban oír otra cosa. Corriendo como locos, salieron al jardín para jugar sin parar, disfrutando de todas las maravillas que rodeaban el grandioso palacio de su padre. El tiempo fue volando mientras se enredaban entre los setos, olían cuantas flores nuevas descubrían y escalaban todos los árboles que encontraban en su camino.
                        Uno de los días que subieron a un árbol, vieron un muro de piedra en la lejanía. En el muro, muchos soldados armados hacían la ronda, y tras aquel muro, montones y montones de casas, caminos de piedra y mucha gente vestida con ropas de múltiples colores. Se quedaron anonadados, pues no sabían qué era todo aquello.
                        -¡Vamos a preguntarle a padre! –Dijo uno.
                        -¡Sí! ¡Y le pediremos permiso para poder ir a explorar esas extrañas cosas!
                        -Eso que habéis visto –les respondió el rey cuando llegaron hasta él- es una ciudad: la capital de nuestro reino.
                        -¿Y podemos jugar en ella?
                        -¡Claro que sí, hijos míos! ¡Jugad y disfrutad de todo cuanto os ofrece la vida!
                        Emocionados, los niños abandonaron el palacio, sus jardines y corrieron a saltar, gritar y disfrutar por las calles de la preciosa capital del reino. Exploraron cada rincón, cada calle, cada casa, de manera que un buen día, casi sin darse cuenta, abandonaron sus calles y se adentraron, felices, por los caminos del reino, llegando a otras ciudades y a otros reinos. Entre risas y juegos pasaron los años hasta que un buen día les sorprendió la “madurez” y se miraron unos a otros desconcertados.
                        -¿Quiénes somos?
                        -No lo sé…
                        -Yo tampoco…
                        Miraron a su alrededor y la “realidad” les devolvió la imagen de un barrio pobre, con gente pobre y harapienta que mendigaba por las calles. Y entre esa miseria se vieron a sí mismos como tres jóvenes desaliñados, con las ropas destrozadas, llenos de barro y suciedad tras varios años de juegos descuidados y libres. Ninguno recordaba su origen y su feliz infancia de manera que sólo podían ver esa “realidad” que entraba a través de sus sentidos.
                        -¡Somos mendigos! –Sentenció uno de ellos finalmente.
                        -¡Es cierto! –Respondieron los otros.
                        Y aceptando esa evidencia, se sentaron en la calle y comenzaron a pedir míseramente su sustento, compartiendo la tristeza y pobreza que les rodeaba.
                        Mientras, en el palacio, el bondadoso rey, su padre, llegó a la conclusión que ya era hora que volvieran sus juguetones y alegres hijos. Sin duda, ya habían disfrutado el mundo, y ya podían asumir sus deberes regios. Preguntó a sus soldados y a sus consejeros por ellos, pero nadie sabía dónde podían estar, de manera que el rey organizó una comitiva para viajar por su reino en busca de sus hijos.
                        Los encontró en el lugar más alejado de su reino, sentados sobre el fango y pidiendo limosna. Al instante, el rey abandonó su lujoso carruaje para correr hacia ellos. Al ver la comitiva real, los jóvenes pensaron que peligraba su vida y empezaron a llorar pidiendo clemencia a su desconocido padre. Este se quedó de piedra. Observó a sus desconsolados hijos durante un instante y pronto descubrió lo que pasaba. Ordenó que le trajeran un pilón lleno de agua y que los bañaran en él. El agua fue apartando la mugre poco a poco y ante los asombrados ojos de los jóvenes empezaron a surgir ropas de seda y terciopelo bordadas con hilo de oro, además de multitud de joyas. Y entonces empezaron a recordar su origen y su esencia, tapada por el barro y la suciedad de la “realidad”: eran príncipes felices y poderosos que se habían creído mendigos tras deambular por el mundo, convirtiendo sus juegos naturales en desgracias.
                        ¿Y qué somos más que princesas y príncipes que, cegados por la suciedad, han olvidado su reino?

 Mª José Calvo Brasa
jueves, 7 de noviembre de 2013

CONVERSACIONES CON MI MENTE

LA HEREDERA

                        La Heredera, de William Wyler es una genial película que cuenta la historia de una muchacha huérfana de madre y carente de atractivo físico. La joven vive con su padre, un famosísimo, respetadísimo y riquísimo médico del Nueva York de finales del siglo XIX del que heredará, al morir este, una cuantiosa y golosa fortuna.
                        En la vida de estos personajes se cruza un joven sin recursos que corteja a la heredera, ante la férrea oposición del padre, dispuesto a desheredarla si al final accede a casarse. Por su cuenta y riesgo ella decide fugarse con el mozo, renunciando a su herencia. Enterado del asunto, el “enamorado” pretendiente la deja plantada, para regresar unos cuantos años más tarde, muerto el padre sin haber cumplido la amenaza. Pero entonces, la millonaria joven, resentida y amargada, le rechaza en una de las escenas más memorables de la historia del cine.
                        Lo que más me fascina de esta historia es el cambio que se produce en la protagonista. Al principio nos la presentan como una joven completamente anodina, realmente fea y sumamente tímida y asustadiza. Sus gestos son de miedo, inseguridad e incluso sus vestidos son negros y feos a rabiar. Sin embargo, al final de la película es una joven más atractiva, de gesto seguro y que viste de forma mucho más elegante y bonita. ¿Qué ha cambiado? La visión más superficial apunta al dolor por el desengaño amoroso, pero hay algo más…
                        Tras ella siempre su padre; el gran médico, obsesionado por el recuerdo de su esposa muerta y amargado por una hija a la que trata con suma condescendencia, recordándole sin cesar, con un lenguaje muy educado y requetefino, que es fea, que es tonta, que es incapaz, que no vale para nada (excepto para bordar, le recuerda en una ocasión de forma cruel y sarcástica) y que lo único que tiene en la vida son los futuros treinta millones de dólares que él le va a dejar a su muerte. Un hombre muy comedido y educadísimo, sin duda, pero que somete a su hija a una violencia verbal y subjetiva inaudita.
                        Entonces… ¿es realmente fea e incapaz la muchacha? ¿O quizá sean las creencias de un padre nefasto completamente asimiladas por una niña que sólo desea ser amada y que acaba “expresando” todo lo que él piensa de ella? ¿De haber tenido un padre que la valorase, que la impulsase a lo más alto, y que destacara día tras días sus grandes cualidades hubiera seguido siendo fea, miedosa y triste?
                        La cuestión es que la joven cambia totalmente al final de la película. Descubre el odio y el desprecio de su padre el mismo día que es abandonada por quien creía que la quería incondicionalmente. A través del dolor se convierte en una mujer adulta, segura de sí que además experimenta un notable cambio físico. Pero ese cambio es a través del rencor y del odio, lo que la convierte en fría, resentida y distante.
                        El final es tan triste como la película porque nuestra protagonista no aprende a ser ella misma. Aparentemente cambia, pero es a través del rencor, no del autoconocimiento. Por dentro se sigue sintiendo como su padre pensaba que era: una chica fea y tonta a la que nadie podía querer si no fuera por su fortuna. La prueba es que rechaza los elogios y las buenas intenciones de los demás.
                        Una película excepcional y un gran ejemplo del tipo de final que no nos interesa tener en nuestras películas vitales. Puede que hayamos vivido muchos años creyendo las tonterías de esas personas que, para empezar, jamás se quisieron a sí mismos. Pero ahora es nuestro momento: el momento de despertar de las pesadillas y de aprender a querernos a nosotr@s mism@s. Da igual lo que pasó. El rencor sólo nos servirá para perpetuar las malas yerbas que otros sembraron en nuestro interior. ¡Qué se las queden ellos! Hagamos de nuestra vida un jardín envidiable con una buena valla que no deje pasar a esos sembradores de malos pensamientos.

 Mª. José Calvo Brasa