Durante años me he sentido un náufrago que salía a la mar a buscar nuevas islas, nuevos horizontes. Una especie de Robinson Crusoe. ¡No creáis que no era arriesgada mi osadía!. Esa osadía que te deja a la intemperie, al arbitrio de cualquier ola o golpe de mar.
Ha sido al comienzo de este otoño cuando he descubierto que me he pasado la vida huyendo. Huyo de lo que no me gusta. De ese ambiente familiar que se me hace insoportable. Huyo de esa carrera que fui incapaz de terminar. Huyo de Laura, que me dejó cuando yo pensaba que la cosa estaba hecha. Huyo del trabajo que me tiene atrapado en una ruleta tediosa. Huyo de mi propia torpeza, falsa, triste y mezquina.
Una y otra vez la mar, tan savia y elocuente, me devuelve a la orilla. Parece decirme: “No huyas, amor, y sé valiente”.
He decidido poner mi caso en manos de mi propia consciencia. ¡Por si me atrevo a encarar mi realidad!