La tragedia de Lorca vuelve a poner de manifiesto la fragilidad de la vida. Creemos controlarlo todo. Registramos y protegemos hasta los más mínimos detalles. Hipotecamos el ahora para asegurarnos un buen futuro. Y de repente, inesperadamente, el suelo tiembla y mucho o todo desaparece ante nuestra impotencia.
Cómo podían pensar las madres en el parque, los jubilados en las terrazas, los que acudían prestos a sus citas... que todo quedaría suspendido en un minuto. Cómo iban a imaginar los que se quejaban de insomnio la noche anterior, que la siguiente la pasarían deambulando por un entorno destrozado. Cómo prever lo imprevisible si para todo existen “exactas” predicciones.
El duro acontecimiento nos vuelve a decir que lo único que tenemos realmente es el presente. Y, si acaso, el aprendizaje de un pasado. Nada más. Los planes de futuro nos evaden y nos tienen entretenidos, pero no valen más que para eso: para entretener.
A la gente de Lorca y sus alrededores le toca ahora reconstruir los cimientos de su vida. A los demás, ayudar en lo que podamos y plantearnos cómo encaramos nuestro presente, si viviéndolo o posponiéndolo.
La escribana del Reino
M.E.Valbuena
