La noche de los Reyes Magos es, sin lugar a dudas, una noche mágica que nos permite creer en lo imposible.
Casi todos hemos vivido en nuestra niñez la ilusión de abrir los regalos que sus Majestades nos habían dejado esa misma noche. Pedíamos y, muchas veces, nuestros sueños se cumplían. Y cuando no era así, disfrutábamos igualmente del regalo sorpresa que descubríamos tras el embalaje. No tanto por el juguete en sí, sino por la ilusión de sentir que no se habían olvidado de nosotros.
Aprendimos de esa forma a pedir y a recibir con naturalidad y agradecimiento.
Ya de mayores nos esforzamos año tras año en volver a revivir la noche de la ilusión. Ponemos nuestro mayor empeño en buscar, adornar y entregar aquello que sabemos que proporcionará alegría a los que nos rodean. Y, normalmente, lo logramos, para nuestra propia satisfacción.
Aprendemos así a observar las necesidades y deseos de los otros, a dar con generosidad y a demostrarles nuestro amor.
¿Cómo no va a ser mágica una noche con tanto aprendizaje en marcha y tanto afán de extender felicidad a nuestro alrededor?
¿No es magia ver, en los tiempos que corren, ilusión en los ojos y agradecimiento en las miradas?
La escribana del Reino
M.E.Valbuena
