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| Foto Jesús Aguado, "cacharros" |
La tan denostada y despreciada rutina cotidiana a veces es tan esperada como la tierra espera el agua de mayo.
Después de un tiempo de excepciones, horarios cambiados, sobrealimentación, improvisaciones a salto de mata, preparativos varios, encuentros y desencuentros, algunos nos sentimos extraños cuando al empezar el día - ¡sólo! – tenemos que ir a trabajar.
Nos guste o no, la rutina limita nuestros horarios, encauza nuestros apetitos, aplica procedimientos estables a nuestros hábitos, desdramatiza por ordinarios los acontecimientos cotidianos, nos serena y nos ayuda a volver a nuestro ser y a centrarnos en lo concreto.
No soy precisamente yo una defensora acérrima de la rutina, pero reconozco que, a fuerza de buscarle su lado positivo, he acabado por añorarla. ¿De qué si no podría recuperar el ritmo normal de los días? ¿Cómo iba a bajar las redondeces que se empeñan en aparecer en los momentos de calma? ¿De dónde sacaría mis necesarios ratos de silencio y de lectura? ¿Cómo distinguiría lo excepcional de lo “normal”? ¿Cuándo terminaría las tareas no emplazadas? ¿En qué momento dejaría de estar mi correo electrónico saturado de mensajes navideños y deseos de prosperidad para el nuevo año? ¿Cuándo empezar la dieta depurativa tan necesaria para el cuerpo y para el espíritu?
Y, sobre todo, ¿cómo iba a disfrutar momentos especiales si no hubiera una rutina a quien arrebatárselos?
La escribana del Reino
M.E.Valbuena
